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El agua que no vemos
27 de Marzo de 2026
El 22 de marzo fue el día mundial del agua. Una de esas fechas que se repite con discursos suaves, institucionales, casi vacíos. Se habla de "cuidar el recurso", como si el problema fuera individual, como si cerrar la canilla alcanzara. Pero no se trata de eso, el agua en Argentina está atravesada por decisiones políticas, económicas y territoriales muy concretas.
Hay un agua visible, la de los ríos, la lluvia, la canilla. Y hay otra que no vemos, la que circula por debajo de la tierra, la que se acumula en glaciares, la que sostiene ecosistemas enteros. Los acuíferos como el Guaraní. Los glaciares de la cordillera. Reservas estratégicas de vida, cada vez más presionadas.
El 25 de marzo de 1996 se aprobó la soja transgénica. Lejos de ser una innovación tecnológica, con ella se consolidó un modelo que no produce alimentos, produce mercancías. Desde entonces y como siempre, el agronegocio avanzó sobre suelos, montes y cuerpos de agua con la lógica de siempre: extraer, concentrar, exportar. Los acuíferos pasaron a ser reservas disponibles. El agua dejó de ser parte de un ciclo para convertirse en insumo.
Nada de esto fue accidental.
El 25 de marzo de 2026, se llevó adelante una audiencia pública denunciada como fraudulenta por su falta de transparencia, orientada a habilitar el avance de proyectos mineros en zonas periglaciares. Otra vez sobre los glaciares. Otra vez sobre lo que debería ser intocable. Esto ocurre pese a la existencia de la Ley de Glaciares, conquistada tras años de lucha social. Provincias como San Juan o Jujuy vuelven a aparecer como escenarios donde se tensiona la protección del agua frente a intereses extractivos. El litio, el oro, los minerales "estratégicos" necesitan millones de litros de agua y el costo no lo pagan las empresas, lo pagan los territorios.
Y lo pagan, sobre todo, quienes los defienden.
En estos conflictos hay actores que suelen quedar fuera del relato dominante, los pueblos originarios. Comunidades que no solo habitan esos territorios, sino que los entienden desde otra lógica. Como parte de un todo que no se fragmenta. Por eso incomodan. Por eso se los corre, se los silencia o se los criminaliza. Defender el agua, en esos casos, se vuelve un delito. Para estos pueblos, el agua no es un recurso sino un elemento vivo, parte de un entramado del que también formamos parte. Sin embargo, son sistemáticamente desplazados, ignorados o criminalizados cuando defienden ríos, salares o montañas. Lo que para el modelo extractivo es desarrollo, para estas comunidades es despojo.
Algo se repite en todos estos procesos: lo que no se ve se vuelve más fácil de saquear. Un acuífero no aparece en una postal. Un glaciar lejano no forma parte de la vida cotidiana de la mayoría. Se decide en oficinas, se legitima con audiencias, se firma en nombre del progreso. Y lo que está en juego queda reducido a cifras, a porcentajes, a "impactos mitigables". Esa distancia permite que las decisiones se tomen sin demasiada visibilidad, como si no hubiera consecuencias inmediatas. Pero las hay.
Tal vez el problema no sea solo la privatización del agua en términos legales, sino también una forma de desconexión más profunda. Cuando se la separa de la vida, cuando se la nombra como recurso, cuando se acepta que alguien puede decidir sobre ella sin habitar sus consecuencias. Hay una violencia en esa forma de mirar. Una violencia que no siempre se ve, pero que organiza todo.
Pensar el agua hoy no es repetir consignas ni confiar en regulaciones que se doblan cuando conviene. Es preguntarse quién tiene el poder de decidir, y por qué. Es reconocer que lo que está en juego no es solo un bien natural, sino las condiciones mismas de la existencia. Porque lo que no se ve también es lo primero que se pierde.
Nos seguimos leyendo.
Hassi.
Memoria y presente: que el pasado no se enfríe
22 de Marzo de 2026
Faltan dos días para el 24 de marzo y no puedo evitar pensar en qué significa realmente “tener memoria”.
No como fecha en el calendario.
No como efeméride escolar.
No como discurso repetido.
Sino como algo que incomoda.
Crecí escuchando que “nunca más”. Pero con los años empecé a preguntarme qué significa sostener ese “nunca” en el tiempo. Qué implica de verdad. Qué exige.
Porque la memoria no es solo recordar lo que pasó en la dictadura.
Es reconocer las formas en que ciertas lógicas siguen vivas:
El control que se naturaliza.
El miedo que se organiza.
La deshumanización del otro.
La idea de orden por sobre la vida.
Eso no está solo en los libros de historia.
La memoria también es mirar el presente sin anestesia.
Está en cómo se criminaliza la protesta.
En cómo se construyen enemigos internos a los que culpar.
En cómo se habla de seguridad, de pobreza, de cuerpos que parecen no importar.
También está en los silencios.
En lo que no se dice.
En lo que se deja pasar.
Pero hay algo más.
La memoria no es solo dolor.
Es red.
Es organización.
Es persistencia.
Es gente que marchó cuando nadie más lo hacía.
Es quienes siguen buscando. Es quienes no sueltan.
Es la calle cada 24, no como costumbre, sino como decisión.
Pienso mucho en esto desde lo cotidiano.
Qué significa sostener memoria en mi vida.
Tal vez tenga que ver con no repetir discursos de odio, incluso cuando circulan como si fueran normales. Con informarme incluso cuando cansa. Con hablar cuando sería más fácil callar. Con construir espacios donde la vida valga más que el orden.
También con hacer cosas pequeñas.
Un fanzine.
Una charla.
Un texto como este.
Una conversación incómoda.
No soy expertx en historia. Todavía estoy pensando todo esto.
Pero siento que la memoria no es algo que simplemente está.
Es algo que se practica.
Como tocar un instrumento.
Como cultivar una planta.
Como aprender a observar de nuevo.
Este 24 no es solo para recordar.
Es para preguntarnos qué estamos haciendo hoy para que ese "nunca más" no se vacíe.
Quizás la memoria sea eso.
No dejar que el pasado se vuelva algo muerto.
No dejar que el presente se vuelva automático.
Seguir pensando.
Seguir sintiendo.
Seguir incomodando.
Nos vemos en la calle.
Hassi.
Migrar, ocupar, resistir: mi desobediencia digital en proceso
7 de Febrero de 2026
Mi compu volvió a nacer. A mediados de 2011 mis viejxs me regalaron una Compaq Presario CQ1 All-in-One, con Windows 7 y 2GB de RAM, que el mundo, en su sabiduría capitalista, la había dado por muerta. La había resucitado antes, peleando con pantallas azules y actualizaciones pedorras, pero nunca estaba conforme. Sentía que estaba poniendo parches a un sistema cuyo único destino, diseñado desde su concepción, era que lo dejara pudrirse en un basural electrónico para que yo comprara algo nuevo.
Entonces, esta semana, tomé una decisión que fue a la vez técnica y espiritual: le instalé Debian.
No fue fácil. No soy expertx en nada, menos en esto. Antes había intentado con AntiX y me había rendido. Esta vez, la terquedad pudo más. Me pasé horas leyendo, siguiendo tutoriales, hasta que el instalador me dejó plantadx frente al problema más concreto y poético del software libre: los firmwares para el Wi-Fi. Mi máquina liberada no podía conectar con el mundo. La solución fue un viaje en bondi a lo de una familiar, descargar esos drivers en otra máquina, traerlos en un pendrive, y meterlos a mano en el sistema nuevo.
Cuando por fin se encendió la luz de la red, sentí algo más que alivio. Sentí que "lo viejo funciona, Juan" no es solo un diálogo de El Eternauta, es un principio de rebelión. Es negarse a generar basura. Es creer que las cosas pueden tener otra vida, si les das las herramientas y la paciencia.
Este viaje no empezó con Debian. Empezó hace casi un año, cuando el boicot a Spotify, principalmente por la inversión del CEO Daniel Ek en drones e IA para uso militar, me obligó a mirar mis dependencias tecnológicas. Dejar esa plataforma fue la primera grieta. Luego vino la pregunta: ¿y Google? ¿Y todo lo demás? Ahí empecé a asomarme a otros mundos: Mastodon, con su ritmo humano y sus conversaciones que no son monólogos intoxicados por un algoritmo. Esa red me dio el oxígeno necesario para imaginar un espacio propio, un sitio que fuera mío y nuestro a la vez. Así nació esta bitácora: un intento de pensar en voz alta, lejos de las lógicas productivistas que nos exigen contenido optimizado, viralizable y vacío.
Pero la migración nunca es total. Quedan islas del viejo mundo que no se pueden evaporar, porque están hechas de afecto.
Ahí está mi dilema con Instagram. Es mi plaza pública envenenada. Ahí están archivados, en fotos pixeladas y chats, años de amistades, amores, charlas que salvaron días grises, personas que conocí y quiero. No es solo una app, es mi barrio digital. ¿Prenderlo fuego e irme? Eso sería, para mí, un acto de auto-mutilación afectiva.
Entonces, ¿qué hacer? Mi estrategia, por ahora, es ocupar.
Uso Instagram, pero negándome a ser usadx del todo. Lo transformo, en la medida de lo posible, en un territorio de desobediencia. Reposteo y subo la bronca política cruda, comparto lecturas que me desarman, pongo el link a esta bitácora para quien quiera escapar del ruido y pensar más lento. Lo uso para señalar, para conectar, para gritar. Es mi panfleto digital. Mientras, voy tejiendo mi red verdadera, la que quiero que dure, en otros lados: en Signal, en una plaza compartiendo una partida de ajedrez, en las reflexiones que hagamos acá, en Mastodon. Es una doble estrategia: sembrar el jardín propio y plantar flores rebeldes en el jardín ajeno.
No tengo un plan maestro. Tengo un proceso. Migrar (a Debian, a Mastodon). Ocupar (Instagram, con un propósito distinto). Resistir (a la obsolescencia, al algoritmo, al silencio).
Esta desobediencia digital es lenta, desprolija y a veces frustrante. Pero es profundamente humana. Porque no se trata de ser puristx, se trata de ser consciente. De decidir, en cada click, a quién le doy mi energía, mi atención y mis datos.
Y vos, que leés esto, ¿cómo lo llevás? ¿Sentís esa tensión entre los lazos que viven en las plataformas y el deseo de fugarte? ¿Qué estrategias encontraste para habitar este mundo digital sin que te habite a vos?
Los comentarios al email están abiertos. Esta bitácora es nuestra.
Hassi.
Fuego, cuerpos y resistencia
6 de Febrero de 2026
Mañana se marcha. Y no es una marcha más en el calendario, de esas que se anuncian, se cubren y se olvidan. Mañana se camina con el cuerpo cargado de humo, de bronca y de nombres que no entran en una estadística.
Hace semanas que el sur arde y, con él, algo más profundo que los árboles. Arde una forma de habitar, arde una memoria, arde la idea misma de que la tierra es algo que se cuida y no algo que se liquida. A veces parece que el fuego es una catástrofe natural. Pero cada vez me convenzo más de que hay incendios que son decisiones, no accidentes.
Mientras tanto, desde arriba se administra la demora, se estira la respuesta, se juega a que todo pase solo. Como si el tiempo no quemara. Como si las vidas —humanas y no humanas— fuesen un daño colateral aceptable. Como si hubiera existencias descartables y otras blindadas contra cualquier consecuencia.
Lo que sí aparece, siempre, es la gente. Comunidades que se organizan, vecines que sostienen lo que pueden, con sus manos, con cansancio. Y después, encima, la sospecha, la persecución, el dedo acusador apuntando a quienes cuidan en vez de a quienes destruyen. Es un mundo raro este, donde defender la tierra parece más peligroso que prenderla fuego.
Mañana es la segunda marcha del orgullo antifascista y antirracista LGTBIQNB+, y para mí no es casual que todas estas luchas se toquen. Porque el mismo sistema que decide qué territorios se sacrifican, también decide qué cuerpos sobran. El mismo desprecio que convierte bosques en negocio, convierte identidades en problema. Y frente a eso, marchar es decir: acá estamos, y no nos van a borrar tan fácil.
No marcho por épica. Marcho por cansancio, por amor, por terquedad. Marcho porque no quiero acostumbrarme al humo ni al cinismo. Marcho porque creo —todavía— que cuidar puede ser una forma de desobedecer. Y porque, aunque intenten convencernos de lo contrario, acá no sobra nadie.
Nos vemos en la calle.
Hassi.
Resistencia y cuidado
5 de Febrero de 2026
Hoy amaneció con ese olor a tierra mojada que tanto me gusta. Mientras veía la llovizna por la ventana, me quedé pensando en la palabra "resistencia". No la resistencia épica de los discursos, sino la cotidiana, la que se teje en silencio o entre mates compartidos.
En estos días, escucho mucho sobre "la eficiencia", "el mérito" y "el ajuste necesario". Palabras que sueltan como baldazos de agua fría para justificar recortes, para vaciar programas culturales, para dejar a pibes y pibas sin recursos, para mirar para otro lado mientras el hambre crece. Pero en las calles, en las ferias, en los espacios comunes, la palabra que late es otra: cuidado.
Cuidar el territorio, cuidar la memoria, cuidar a lxs que quedan afuera. Cuidar, incluso, las raíces de un árbol que nadie regó. En un sistema que nos entrena para producir y consumir hasta el agotamiento, elegir cuidar es un acto político. Y me pregunto: ¿cómo se cuida en un país donde el gobierno actual parece empeñado en desmantelar todo lo que huele a comunidad?
Veo a mis amigues organizando redes para contener a quienes son expulsadxs de sus casas. Veo a colectivos de artistas pintando murales que gritan "Palestina libre", mientras los medios hegemónicos repiten cifras sin humanidad. Veo a vecinos juntando alimentos en una olla que no para de crecer. Ahí, en los márgenes, está la verdadera eficiencia: la de la solidaridad.
No tengo respuestas grandilocuentes. Solo la certeza de que en este sur del mundo, la resistencia tiene olor a tierra mojada, sabor a mate amargo y color de bandera diversa.
Quizás, en este tiempo de lógicas frías, bitácoras como esta sean también una forma de cuidado. Un modo de decir: acá estoy, pensando en voz alta, con broncas y esperanzas, lejos del ruido mercantil.
Nos seguimos leyendo.
Hassi.
PD: Si alguien quiere contactarme para intercambiar ideas (desde el respeto y la escucha), puede escribirme a bitacora-de-hassi@proton.me.